Estancias compartidas

Sobre el control de los espacios y la estrategia política

CiberDario
9 min readFeb 3, 2024
Comedor público de la URSS

Virginia Woolf célebremente consideraba indispensable, para que cualquier mujer pudiera escribir, un cuarto propio. Esta consigna, que ha impulsado durante mucho tiempo algunas ramas de los movimientos feministas, parece cada vez menos posible para la mayoría de nosotras. En España, el precio medio de la vivienda en 2023 se encuentra en los 1.713 €/m²,[1] con el alquiler promedio alrededor de los 11.8 €/m²,[2] alcanzando así máximos históricos en el país; asimismo, el precio de la vivienda compartida circula este año los 445€ por persona, [3] un 41% del Salario Mínimo Interprofesional.[4] Las habitaciones y los hogares son cada vez menos propios, poniendo así cada vez más cargas sobre los obreros, que deben encontrar la manera de seguir produciendo, y a la vez dificultando las labores reproductivas. Estas fueron definidas por Friedrich Engels como “la producción del hombre mismo, la continuación de la especie”[5], y, aún relegadas, como durante gran parte de la historia, a las mujeres, se imposibilitan por la falta de espacio, dinero y tiempo (sobre todo para aquellas que han entrado también al mercado laboral y así al trabajo asalariado). El sueño de Woolf, un sueño bohemio y burgués, se desmorona progresivamente y, mientras las conceptualizaciones del “espacio femenino” son puestas en duda, es nuestra labor buscar nuevas maneras de liberarnos de nuestra opresión mientras rompemos con las ideas antiguas.

La disputa sobre el espacio doméstico y las labores asociadas a este no es algo nuevo, por supuesto.[6] Aunque la estructuración del hogar y el trabajo para mantenerlo han sido siempre un factor de preocupación e importancia, es con la llegada del Modo de Producción (MdP) capitalista que toman nuevos caracteres que podemos relacionar con los que este aspecto de la vida toma en nuestros días. La Revolución Industrial, que dividió a la población occidental (y después, progresivamente, mundial) en la clase burguesa y la clase obrera, trajo un nuevo paradigma en el que a los trabajadores no les eran otorgados un lugar en las tierras del señor feudal a cambio de un diezmo o en el que debían usar los frutos de su trabajo para subsistir. En este nuevo modo de producción, debían vender su fuerza de trabajo a aquellos poseedores de los medios para llevarlo a cabo, y así poder participar en el mercado en el que adquirir los productos necesarios para mantenerse, entre ellos su hogar.

A medida que este sistema avanzaba, también lo hacían sus críticos, que tomaron el problema de la vivienda como relevante desde muy temprano, puesto que en esta dimensión se hacen muy explícitas la opresión y separación entre clases, y la condición de diferentes grupos marginalizados. A principios del s.XIX, los comunitaristas y fourieristas, encabezados por figuras como Robert Owens o Charles Fourier, comienzan a proponer experimentos y experiencias en hogares comunitarios, cocinas o lavanderías colectivas, y otros proyectos similares. Aunque diferentes pueblos de todo el mundo habían hasta entonces practicado también estilos de vida comunitarios, estos casos tienen factores que se diferencian de ellos al estar directamente politizados en contra del capital. Estos intentos de encontrar una manera de resistir al capital tenían también en cuenta la liberación de las mujeres, y buscaban mediante la colectivización del trabajo doméstico la independencia económica e industrial de las mujeres.

Estos primeros movimientos, aunque eran inspiradores, no fueron capaces de derrocar el sistema en que existían, y es a través de la crítica de sus idearios que Karl Marx, junto a Friedrich Engels, da comienzo al socialismo científico. A través de su teoría y el trabajo de los partidos comunistas en Alemania y otros países de Europa, sucede el primer envite a gran escala contra la organización capitalista de la vivienda a principios del s.XX. Inspirada por el trabajo de Marx, se gestaba una revolución en contra del orden capitalista. En Rusia, los bolcheviques dirigidos por Lenin se rebelaban en 1917 usurpando el poder al zar para dar comienzo a un nuevo gobierno obrero. Esto supuso el pistoletazo de salida para un ciclo revolucionario en Europa en busca de un sistema socialista internacional. Por otro lado y a menor escala, las feministas materialistas de Estados Unidos sostenían frente a otras corrientes que era el MdP el que provocaba la opresión de las mujeres y, empleando el análisis de Marx y métodos más similares a los de Fourier, buscaban hacerse un hueco en el panorama político de su época.

La Revolución de Octubre trajo una nueva organización social a la URSS de principios del s.XX, lo que incluyó durante la primera fase la reorganización del trabajo doméstico y sanitario. Esta nueva forma de organizar estos aspectos vino teorizada en parte por integrantes del Zhenotdel, un “Departamento de Mujeres” dedicado a la preparación de las obreras como revolucionarias, para las que era esencial como paso en la revolución la organización del espacio de manera que, bajo el poder del Partido, la colectivización espacial de la reproducción (cantinas, cocinas y “guarderías” comunitarias bajo el mandato, principalmente, de las mujeres) permitiese la asunción del cuidado como algo social, creando también una dimensión más personal del vínculo (una sociedad para cuidar, una madre para cada niño).[7]

Durante los mismos años, en los Estados Unidos el movimiento por las mujeres se enfrentaba a la opresión mediante ideas inspiradas por Kollontai y las pasadas corrientes de reconceptualización de la vivienda. Con autoras como Charlotte Perkins Gilman y Melusina Fey Peirce como principales referentes, las feministas materialistas de las primeras décadas del s. XX impulsaron nuevos modelos de vivienda y edificios para la socialización del trabajo doméstico, pues consideraban que este aspecto era el de mayor importancia para conseguir la independencia económica de las mujeres, y con esto su eventual liberación. Mediante las casas de asentamiento (settlement houses) como Hull House, fundada por Jane Addams y Ellen Gates Starr, las feministas materialistas reunían a comunidades bajo un mismo techo en el que el trabajo doméstico tenía sus propios espacios colectivos y era organizado por las habitantes. Sin embargo, faltas de medios materiales para poder expandir estos modelos más allá de emplazamientos puntuales, las feministas materialistas fueron superadas por una clase burguesa que ideaba y ponía en práctica un nuevo modelo de hogar, unifamiliar, en el que las mujeres (amas de casa) encontrasen su poder a través del consumo, dependiente siempre del salario del marido. Con el tiempo, las casas de las feministas materialistas no fueron más que un recuerdo accesible solo a aquellas estudiosas de los movimientos de mujeres, y oculto a las demás.

A través de las experiencias expuestas podemos obtener lecciones para la coyuntura actual, en la que el feroz capital limita cada vez más las opciones que tenemos para organizar la reproducción de la vida. Para comenzar, nos encontramos el aumento de servicios que se dedican a suplir la realización de las labores domésticas (desde los delivery de comida hasta los servicios de limpieza y las niñeras) para así compensar el tiempo que no tienen las obreras y someterlas más al ciclo de producción y consumo. Como habían predicho autoras como Perkins Gilman o Fey Pierce, al volverse el manejo de la vida doméstica y laboral cada vez más complicado, el trabajo doméstico como servicio se volverá inevitablemente fuente de beneficio para los capitalistas, que podrán comprar la fuerza de trabajo de obreras (la mayoría en esta industria siendo, además, mujeres y personas racializadas) para paliar así estos sufrimientos de manera rentable.[6] Ahora, la burguesía puede seguir empleando a la clase obrera mientras la anima a seguir sus pasos de una forma deformada y ridícula, pagando para que otra obrera le libere de una de sus cargas, hasta que el último eslabón de la cadena sea aquella que deba cargar el doble o triple peso del que ya hablaba Kollontai cuando mencionaba a las mujeres obligadas a ser obreras, amas de casa y madres.[7]

En segundo lugar, el intento de los comunitaristas y las posteriores feministas estadounidenses de transformar la realidad mediante el diseño y la creación de nuevos edificios muestra los fallos de las posturas reformistas y la confusión entre una herramienta y su uso. El concepto de progreso y la evolución social que les guiaba se basaba en la idea de que el progreso técnico y de valores sociales podía traer consigo un eventual cambio en el MdP. Mediante la limitación del diseño como política, el aspecto técnico es abstraído para ellos de la economía que le ha permitido darse lugar, obviando así que la función de una herramienta está socialmente mediada. El edificio como espacio y objeto no puede determinar su valor de uso simplemente a través de su forma, sino que este valor se deberá también al fin de la actividad humana realizada a través del objeto y por tanto, sin un uso conscientemente revolucionario, esta se verá orientada hacia la reproducción del MdP vigente. Esta postura se enmarca así en el reformismo, al tratar estas medidas como un fin en sí mismas que, según dicen, llevará a una mejora y en este caso incluso a una ruptura con el modo de organización social por su consecución, en vez de poder emplear estas medidas como elementos que permitan mejorar la situación de las obreras y ampliar sus posibilidades estratégicas en un movimiento contra el fin del sistema que las oprime.

¿Cómo nos enfrentamos, pues, al sistema que nos oprime y nos obliga a manejar cada vez peor nuestras vidas profesionales, domésticas y nuestro tiempo libre hasta el punto de la saturación? La clase obrera, cada vez más desposeída, no puede ya imaginar la fabricación de edificios experimentales en los que probar nuevas formas de autonomía y organización, menos aún si estos edificios se comportan como islas separadas de los demás. El espacio a disposición del pueblo es aquel que ya existe, y es este el que debe ser aprovechado. De la misma manera que los edificios feministas no pudieron cambiar ellos solos el sistema, los espacios creados por los capitalistas pueden ser reutilizados con una conciencia revolucionaria para reconfigurar sus fines. El control proletario del espacio, como lo denominan en el nuevo Movimiento Socialista,[8,9] consiste en la expropiación y el uso de estos espacios formando una red que pueda gestionarse y organizarse contra el sistema. En una puesta en cuestión de la dicotomía de la propiedad pública/privada, estos son espacios de uso universalizable, configurables según las necesidades de las obreras que los organicen, desde la vivienda y la labor reproductiva hasta espacios para la formación de las proletarias. Contra la falsa comunidad de “ciudadanos iguales” que el concepto de propiedad capitalista busca aparentar[10] pero que se traduce a una limitación cada vez mayor al acceso a la organización de la vida para las obreras, el espacio bajo control proletario busca dar lugar al verdadero desarrollo del individuo, tanto como parte de un colectivo como en su propio ser y su práctica.

El espacio colectivo y obrero no busca la relegación de las mujeres a otra habitación en la que, en vez de cocinar, escriban mientras esperan otro plato de comida caliente cocinado por sus criadas. Tampoco es una reorganización de la cocina y la limpieza, y menos aún coloca únicamente a las mujeres a organizar estas labores, en un reforzamiento de la “labor femenina” ahora colectivizada. El espacio obrero busca la liberación de las proletarias mediante su implicación no en un solo espacio, sino en una red de estos conectados para configurar sus labores de manera conjunta y atendiendo a las situaciones individuales de cada uno. La liberación de las cadenas de las mujeres no se realiza mediante una acumulación por parte de estas (y no todas, puesto que solo un sector privilegiado puede alcanzarla) ni mediante una remodelación del trabajo doméstico como esfera separada, sino mediante la integración de las mujeres obreras en una organización del mundo y la vida en su totalidad junto al resto de sus compañeros.

Con esta lucha no nos limitamos entonces a una simple reforma que, una vez terminada, nos permite seguir viviendo en un mundo que es el mismo-pero-un-poco-diferente; la reestructuración del espacio urbano, doméstico, productivo y reproductivo debe ser parte de un gran movimiento, una revolución, que permita el cambio material de todo el sistema, para poder mantener así los cambios hechos de manera liberadora. La colectivización de la labor doméstica y reproductiva no es simplemente un descanso o una redistribución sino, como apunta Hayden, “un programa para el control obrero de la reproducción de la sociedad”, y este ocurre cuando se consigue también el control obrero de la producción industrial. Estas luchas no pueden ir separadas, pues la reproducción no nos salvará de la producción, ni podremos producir sin reproducirnos, y es en este programa en el que debemos enmarcar este conflicto para, por fin, no luchar por una habitación propia, sino por un mundo para todas nosotras.

Notas.

  1. https://www.bankinter.com/blog/finanzas-personales/precio-vivienda-ciudades
  2. https://www.bankinter.com/blog/mercados/precio-alquiler-espana
  3. https://www.europapress.es/economia/construccion-y-vivienda-00342/noticia-compartir-vivienda-espana-cuesta-73-mas-hace-ocho-anos-445-euros-media-fotocasa-20230906105923.html
  4. https://www.sepe.es/HomeSepe/que-es-el-sepe/comunicacion-institucional/noticias/detalle-noticia.html?folder=/2023/Febrero/&detail=El-salario-minimo-interprofesional-publicado-para-2023-se-establece-en-1080-euros
  5. El Origen de la familia, la propiedad privada y el Estado. Prefacio a la primera edición, 1884. Friedrich Engels.
  6. La Gran Revolución Doméstica. Dolores Hayden.
  7. Mujer y Lucha de Clases, Alexandra kollontai
  8. Avanzando en el proceso socialista: un mundo por construir, EPS. https://crisismedio.com/2023/08/23/avanzando-en-el-proceso-socialista-un-mundo-por-construir/
  9. La nueva táctica del control proletario del espacio, Kolitza. https://gedar.eus/es/arteka/la-nueva-tactica-del-control-proletario-del-espacio
  10. La Lógica del Género, Maya Gonzalez y Jeanne Neton.

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